Por años de servicio un hombre rico
– cuidaba a sus caballos en el campo –
cinco bueyes me dio que uncía al yugo,
cual premio del trabajo, uno por año.
Leones me arrancaron al primero;
vi sus huellas escritas en la hierba;
pensé en alzar de agudo espino un seto,
de noche mantener viva la hoguera.
Mas otro a la carrrera escapó un día
seguido de un enjambre enfurecido;
largo tiempo busquélo en la espesura,
inútil fue mi esfuerzo y él, perdido.
Por medio de un beleño venenoso,
dos bueyes me mató mi cruel vecino.
Pendía azul su lengua entre los dientes;
no lejos terminaron del camino.
Al quinto degollé con un cuchillo,
lo asé con sumo gusto, celebrando
que ardía al fin la casa del vecino
y que él gritaba dentro, bien atado.
Traducido por Luis Gomez de Aranda, Elena Kúrchenko