La bóveda secreta, subterránea,
esconde los sepulcros de los grandes,
a esbeltas pecadoras, errabundas,
los suenos inflamados del diablo.
Apenas hayas muerto, gloria o pena,
un viejo poderoso y descarnado
te clava la mirada en la mirada.
La muerte, el lento tedio, es su secreto.
Te llevan, por pasillos, de una torre
y llegas a otra torre, la pupila
vidriosa, presa, fija, exorbitada,
y entiendes que este sueño será eterno.
Y al punto de caer en esa tumba,
comienzas a soñar con santuarios;
y sientes junto a ti a la pecadora,
sus dientes nacarados y sus besos.
Su abrazo lentamente, con dulzura,
te envuelve con maldad, sin fin, callada.
No puedes ya gritar, huir, moverte.
Por siempre o nunca más. Eso es lo eterno.
Traducido por Luis Gomez de Aranda, Elena Kúrchenko